20 de enero de 2011

Sin título

Como todos los días Ignacio se levantó a las 7 de la mañana y su mano derecha se dirigió a la cajetilla de cigarros que estaban junto a la lámpara que Claudia le regaló cuando festejaron un año de vivir juntos. Sacó un cigarro de la cajetilla, tomó el encendedor y caminó en dirección a la ventana, recorrió la cortina y un relámpago de luz le golpeo los ojos por un instante. La ciudad lo recibía entre tinacos y cables, con una densa nube gris que apenas dejaba ver la silueta del edificio más alto de la ciudad. Encendió el cigarro y abrió la ventana. El departamento no era muy grande, su cuarto tenía una cama matrimonial, un closet de tamaño razonable, cuando menos cabía toda su ropa que tampoco era mucha, un par de trajes y el resto eran camisas, playeras y pantalones de mezclilla, frente a la cama, un pequeño librero que Ignacio había improvisado con pequeños tablones de madera donde acomodaba sus libros. Tenía un baño completo, la sala, el comedor y una cocina de mediano tamaño. Terminó su cigarro y lo aventó por la ventana. Estiró sus brazos y caminó al baño. De un lado de la cama, en el buró, una foto de él con Claudia. Ella, con gafas cafés y el teléfono en la mano y él detrás de ella mirando los dos hacia la cámara, la tomó aquél día que viajaron a San Miguel de Allende y anduvieron largo rato caminado por sus calles hasta llegar a la Parroquia de San Miguel Arcángel, Claudia caminaba delante de Ignacio que se había quedado atrás mirando a unos niños jugar con unos globos chilladores. Volteo a buscarla y miró la espalda que tanto le gustaba, el pelo castaño caía sobre sus hombros, caminaba despacio, tranquila, como quien camina descansando de la vida, el tan sólo mirarla le hacía saber a él que ella era con quien quería pasar el resto de su vida, se sabía perdido, desolado, enamorado. Se acercó a ella y la abrazo por detrás, sacó la cámara y tomó la foto, se acerco al oído y le susurro te amo.

Ignacio salió de la regadera y se acomodó la toalla en la cintura, un cuerpo comenzó a moverse por entre las sábanas de la cama. El cabello rubio reflejaba los rayos del sol, Ignacio perdió el aliento por unos instantes y vio a Claudia darle los buenos días. La luz pronto descubrió el cuerpo de otra mujer que no era quien él se había imaginado.

- Buenos días
- Buenos ¿Sigues aquí?
- Sí, me quedé bien dormida
- Sabías que no podías quedarte a dormir
- Perdón, se me olvidó poner la alarma de…
- Sabías que no podías quedarte
- Ignacio, no seas así, sólo me quedé dormida no pasa nada, ya me voy.
- Lo sabías y te valió madre
- No, me ganó el sueño y no puse la alarma
- Se te olvido o no la pusiste, cómo sea te quedaste y sabias que no podías quedarte, era el acuerdo.
- ¿Estás enojado?
- No
- Ah que bueno, porque si ese es tu estado ale…
- Hay café en la cafetera y vasos desechables por si lo quieres para llevar. Me tengo que ir. Pones seguro al salir. Por favor. Hay agua caliente.
- Eres un cabrón

Ignacio salió a la calle y tomo el camión que lo llevaba al trabajo. Sentado en la ventana veía pasar la ciudad en destellos y líneas largas de colores grises, negros y ocres. La ciudad no es muy pintoresca a esas horas de la mañana, bueno, en realidad la ciudad no es bonita en ningún momento del día pensó, pero tiene un algo que lo hacía sentirse parte de ella, de su movimiento, como si la ciudad fuera un gran animal que engulle todo lo que en él habita y luego te guarda dejando una sensación de que se es parte de algo que no entiendes pero se mueve. La ciudad nunca duerme, no descansa, no se calla. Llego a su consultorio. Saludo a la señora de la limpieza con amabilidad y a la secretaria con sinceridad. Hoy, parecía iba a ser uno de esos días medianamente ocupados, tenía a la Sra. Bocanegra, una viuda que no lograba superar la muerte de su esposo hace 3 años y buscaba frenéticamente de quién enamorarse, llevaban dos meses trabajando y ella no paraba de llorarle los 45 minutos que la sesión duraba. ¿Será eso amor? Se preguntaba Ignacio, mientras escuchaba todas las anécdotas, los viajes y las peleas que la Sra. tuvo con Don Finado. ¿Pero, cómo quiere enamorarse de nuevo si para ella, él aun no muere?

- … así era él, serio, pocas veces me escuchaba, pero cuando lo hacía me sentía plenamente segura de que lo que le decía, aunque fueran tonterías, él ponía toda su atención en mí. Era un santo mi…
- Pues que de la chingada está eso, no cree. Ya se terminó su tiempo, nos vemos la siguiente semana
La Sra. Bocanegra abrió la boca de sorpresa y con cara de ofendida. Se levantó, la cara estaba roja de coraje, tomó con rapidez su bolso y miró con fuego a Ignacio
- ¡Así, me contestaba el cabrón cuando no me escuchaba! ¿Acaso puso un poco de atención a todo lo que le dije?
- Sí, nos vemos la próxima semana, le parece bien a las 11 de la mañana
- Cabrón, es usted un cabrón… A las 11 está bien- y salió con paso veloz azotando la puerta del consultorio.

Ignacio se levantó del sillón y se sirvió un poco del café que Andrea, su secretaria, había preparado. Regresó a su sillón y se perdió en la pared y en el cuadro de Remedios Varo, - me gustan los clichés, porque en ellos hay algo que todos reconocemos- le dijo a Octavio alguna vez que lo critico por tener el cuadro en su consultorio como todo psicoanalista pedante y mamón. Mujer saliendo del psicoanalista era el nombre. A su lado, una pequeña mesa junto a una lámpara que aventaba luz blanca a la pared e iluminaba el cuarto de manera completa, sin lastimar y que permitía crear una atmósfera de confianza para que la gente llegara y pudiera charlar. En esa mesa, un papel color amarillo, cuadrado y pequeño donde estaba escrito en tinta negra, inmediatamente reconoció su letra, pensó que lo había tirado o perdido. Lo miro por un rato y no pudo evitar sonreír. Esa nota, la había escrito meses atrás un día que al término de una consulta, cansado, pero emocionado por lo que se había logrado con una joven de alrededor de los 25 años que había terminado con su pareja de 5 años y no lograba sobreponerse, ese día, después de una sesión que, rompiendo toda regla que los puristas dictan, duró cerca de dos horas y media, fue la penúltima sesión. Al término, la joven salió con una sonrisa que hacía mucho el no veía en mucho tiempo, en nadie. Tenía gente-pacientes-clientes, que duraban largo tiempo con él y al término no lograban salir completamente del dilema en el que se encontraban, pero encontraban la fortaleza necesaria para afrontarlo, se daban ellos mismo de alta y en algunos casos, tiempo después, los volvía a encontrar en la calle y le agradecían a Ignacio todo lo que con él habían logrado, otros, los pocos, le sacaban la vuelta o de plano hacían como que no lo veían. Sentado en ese sillón orgulloso de lo que había logrado con la joven paciente, tomó un trozo de papel amarillo, la pluma y anotó en ella: La luna en pleno día.

La nota la tenía en la mano aún, cuando tocaron a la puerta, una joven de unos 28 años entró al consultorio. Ignacio se levantó para saludarla y cerrar la puerta, saludo a de rápido al joven, acaso su novio, que se quedó afuera para esperarla. Ignacio tomó asiento, notó que la nota aún seguía en sus manos y con un movimiento rápido lo guardó en la bolsa de su pantalón, no pudo evitar sonreír. La joven, pensó le sonreía a ella y devolvió la sonrisa. Los dos se acomodaron e Ignacio permaneció en silencio, la chica miraba el suelo, las manos le sudaban, volteaba a verlo de reojo esperando que él dijera algo pero Ignacio no se movía de su lugar, la miraba fijamente con una sonrisa.

- ¿Y, no hay algo que usted deba de preguntarme?- dijo la chica con un poco nerviosismo
- ¿Cómo qué debería preguntarte? – contestó Ignacio
- No sé, cómo estás, qué hago aquí, no sé, algo, algo
- Bueno, pues dime
- ¿Qué?
- ¿A qué vienes?
- No sé, hace rato que quería venir a un psicólogo, creo que lo necesito. Estoy como loca, bueno así me dice mi novio, Arturo, el que esté afuera esperándome. Me enojo con él cuando llega tarde por mí para ir a algún lado, al cine, a cenar, siempre llega tarde y yo, bueno, me pongo mal, ya sabe le grito que qué le pasa…
- ¿Cuántos años tienes?
- 28. Bueno, hay veces que siento que no tengo paciencia y me desespero muy rápido….

Los ojos de Ignacio se perdieron en el cuadro, en el cuerpo de la mujer, a un lado de la puerta abierta, camina con mirada perdida, con rostro triste y en su mano izquierda dejar caer, como gota, un rostro, muy probablemente el del psicoanalista, lo ha matado piensa Ignacio. Entonces ve su cabeza caer a un lado de la mujer con máscara verde que lo tira. Su mano izquierda entra en la bolsa del pantalón y sus dedos rozan el papel arrugado que con anterioridad había guardado. Ignacio, movía la cabeza asintiendo mientras que la paciente mueve los labios de manera frenética escupiendo estupideces que no necesitaban de un terapeuta sino de un par de cachetadas, que su padre amoroso, nunca le dio. Pobre Arturito, tener que lidiar con misshisteria, pensó por un instante Ignacio.

- Estará de acuerdo conmigo, de que esta ocasión tengo la razón
- ¿De qué, perdón? – preguntó Ignacio, enfocando la mirada

(sigo escribiendo..)

1 leiditos se aventaron unas cosas de ¡Valgame Dios!:

Yayo Salva dijo...

He pasado a leerte y dejar un saluod.